Viernes, 20 de julio de 2018 6:15 PM

Nebulosa pantalla del televisor

No se trata de hacerlo todo con la regularidad de una máquina, o convertir la televisión en una universidad, sino de que el balance entre consumo e información se dé.

La identidad visual de una televisora no es otra cosa que su esencia, la imago remeda al mensaje y lo trae en la envoltura de estos tiempos. Un canal de deportes deberá ir rápido, con lo intrépido de las velocidades y las destrezas; otro de cultura tiene en sí el verbo y el concepto de pueblos enteros. No existe identidad, diseño, que deje de responder a las lógicas de los públicos, de las propias compañías, de los grupos actuantes en los diferentes forcejeos de la vida.

Viene a mi mente aquel viejo diseño de los canales cubanos, Cubavisión y Tele Rebelde, que se dedicaran, el primero, a ser más generalista y, el segundo, a lo específico. Aquella certeza se ha perdido un poco, con la movilidad de los espacios clave dentro del espectro. Ya no sabemos, por ejemplo, si Escriba y Lea pertenece a este o aquel canal, pues se le mueve tanto de lugar que extravió su lógica con los públicos. Igual ha sucedido con innumerables espacios.

Según avanza la tecnología quedamos bajo el peligro de que la programación se vaya uniformando, climatizando a un solo gusto, a que los públicos de determinado tipo prevalezcan sobre otras lógicas. Pareciera que la señal digital vino a hacernos más diverso el espectro, pero si la producción nacional de materiales televisivos es baja, se llenan los agujeros de la información con series y programas foráneos. Ergo, ahí se está abocado a la prevalencia de los gustos del mercado, de la competencia, de lo último, de la moda, de lo que está sonando, etc., y otras barbaries.

La vieja certeza de que detrás de la novela viene tal espacio, y así sucesivamente, ya no es tal. Tampoco resulta tan esperada la programación de verano, que hace años no deviene en cambio y proposición, sino en reiterativa reseña. La identidad visual se debe a los contenidos y estos condicionan el resto de los factores de un acto comunicacional. El suceso final y definitivo está en las mentes de los televidentes receptores.

Por ello, pudiéramos pensar mejor los diseños visuales de canales como el Educativo 2, cuyo mensaje y telos no quedan claros, a partir de la sola presencia de un ojo y una música genérica de fondo. También sabemos que la programación del mentado se comporta como un saco vacío, al que va a dar cuanto espacio se extravíe.

Cada bloque carece, además, de una identidad interna acorde con el propio canal, de manera que no existen nexos entre un momento y otro. La noción de "choricera" es preclara en la hechura de los canales televisivos, toda vez que los spots parecen grabados por el mismo realizador, ya que la voz del locutor Marlon Marlon es omnipresente.

Desde la llegada de TeleSUR a nuestros hogares, a algunos nos ha parecido que la TV nuestra está hecha de palo. Un verdadero lenguaje mediático frente a la pobreza material y de ideas en el espectáculo; también la abundancia de informaciones y aristas de la vida social y política ante el páramo de un noticiero televisivo cubano cuyas emisiones —en ocasiones— pudieran darse por la radio. Cuando la imagen dice poco, no estamos haciendo televisión; se hará otra cosa, pero no periodismo audiovisual.

Detrás de la tira de programación a veces vemos una vacilante mediocridad, unida a la improvisación de último momento, al programa enlatado y a la reiteración del espacio extranjero copiado o comprado hasta la saciedad. La situación malévola crece según pasan los años, y proyectos de buena factura como De la Gran Escena, no solo pierden en calidad y en público, sino que son incapaces de actualizarse según las normas precisas de las teleaudiencias del presente.

“No hay presupuesto”, esa es siempre la razón por la que entran a jugar todos los males, pero quienes la arguyen olvidan que las mejores series y novelas se grababan en medio de la precariedad de los años 90, o se hicieron en vivo. Cabe preguntarnos dónde están los talentos graduados en la Facultad de Medios Audiovisuales, los de la Escuela de Cine, los de la Facultad de Comunicación; pareciera que el brillo se diluye en eternos “no se puede”, o que no hay brillo.

Ante la uniformidad, el público cubano ha buscado la alternativa del paquete, el que tiene sus propios vicios del mercado, de lo foráneo consumido sin regulaciones, de la farándula más burda y lo grotesco a flor de piel. Pero debemos entender a unos televidentes que cada vez que encienden su aparato receptor se encuentran con el mismo show de los sábados, el mismo presentador, el mismo formato.

Ese reinado de lo mismo es lo peor que tiene nuestra televisión, un medio que en el mundo entero tiende a la banalidad puesto que estupidiza con los concursos de “hazte rico en un día” y etcétera. Las televisoras públicas como la cubana debieran apostar más por la calidad, la cultura, la diversidad y la motivación, y dejar de lado los patrones reiterativos y/o copiadores que beben del mercado.

No se trata de hacerlo todo con la regularidad de una máquina, o convertir la televisión en una universidad, sino de que el balance entre consumo e información se dé, como vemos que hace TeleSUR. La imago pronto será más amplia, con la tecnología, pero no más diversa, más poderosa, más no educativa.

Cuba, en medio del Caribe y las encrucijadas, deberá dejar de lado lo mediocre si quiere vivir como una auténtica nación, capaz de tener identidad visual.


Comentarios  

# JVJ 12-07-2018 13:41
Y seguimos en caída libre, verano tras verano. Para mi lo más llamativo " EL MUNDIAL DE FÚTBOL", pero hasta eso es y le ponen la mano es decir lo tocan para "ponerlo a gusto" quitándole esto o aquello, que en su mayoría son productos televisivos que enriquecen la cultura de los espectadores.Oiganme fuera Reinier y Ortega (muchas veces perdido) no se puede oir una locución de los narradores cubanos.Hasta cuandooo.Por lo demás salvo la primera película del sábado más de lo mismo.
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