Martes, 25 de septiembre de 2018 9:25 PM

La mía, primero

inter delantal bandera cubanaErnesto Padrón

Nadie graba en la pechera de un delantal de cocina (y todos sabemos para qué se utiliza ese artículo), el rostro de la hija, del padre o de la novia. No es lugar digno para venerar lo que se ama.

Dejo a consideración de los lectores el insólito caso de los delantales que vendía una tienda particular en el bulevar de Obispo, La Habana, nada más y nada menos que... con la Bandera Cubana a todo pecho.

 

Es una de las inaceptables aberraciones a las que puede conducir el uso de los símbolos patrios con fines de comercialización.

A cargo de intelectuales, estudiosos, periodistas, lectores y cibernautas, el debate acerca de esa mercantilización aún no ha llegado a una consensual solución.

El fenómeno no es exclusivo de Cuba. Con tentáculos hacia todos los puntos cardinales, el mercado lasquea, también, tajadas entre banderas, escudos y otros atributos nacionales.

Autos, bicitaxis, camisetas, gorras, pulóveres, devienen galería andante de una avalancha de insignias italianas, norteamericanas, canadienses, españolas, alemanas...

—¿Y la mía, dónde está?

Con la mejor intención: tener la mía, la tricolor, la de la estrella eternamente solitaria y solidaria. A menudo nos preguntamos dónde está esa bandera que, a escala reducida, puede hacer más atractiva y patriótica la mesa de trabajo, el buró, la pizarra del auto... o “la que con igual pasión quiero colgar en mi balcón, para que ondee a sus anchas", en fechas de conmemoración histórica.

Y es muy cierto que ni una ni otra (la misma) suelen aparecer y cuando lo hacen es a precios de riesgo coronario.

Hombres como Eusebio Leal se oponen a que los símbolos patrios devengan mercancía de burda comercialización. Otros, como Fernando Martínez Heredia, alertan que “los símbolos cubanos son hoy, también, un frente en la guerra cultural”.

El periodista Pedro de la Hoz coincide con Abel Prieto Jiménez en torno a tendencias que derivan, “de manera más o menos consciente, en cómplices de la desnacionalización de Cuba”. Sobre balanza hay quienes no ven ningún riesgo en el asunto.

Aunque no necesito una bandera a mano para llevarla dentro, soy de los que disfruta al tenerla en un llavero, en la parte superior izquierda del pulóver, en un pequeño sello, en un portalapiceros..., como siempre sucedió, sin que ello implicase burdo negocio o filón para lucro personal del vendedor.

Lo real es que muchos ciudadanos se sienten atraídos por ese tipo de souvenir, cuyo predominio recae, cada vez más, en estandartes foráneos. Y no lo creo aconsejable.

Tal vez sea prudente examinar, con sentido dialéctico, la Ley No 42 de los símbolos nacionales. Talento, imaginación, orgullo e historia nos sobran para tener y mantener en lo más alto nuestra insignia nacional, por una sencilla razón: ondeen cuántas ondeen, exhíbanse cuántas se exhiban, la mía ha sido, es y tiene que seguir siendo la primera.


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