Miércoles, 20 de junio de 2018 8:57 AM

"La sorpresa más fuerte que he sufrido en esta guerra"

Escribió Gómez en su Diario de Campaña al referirse al singular combate de Guayacancito

Transcurría la mañana del 1ro. de marzo de 1898 en el campamento La Demajagua, en el límite suroeste del actual poblado de Majagua. Máximo Gómez recibió la información de que el enemigo se acercaba en zafarrancho desde la cercana finca de Limones. Ordenó al Comandante José D'Entrampes que le tendiera una emboscada en el paso del río, donde se produjo una acción con disparos de cañón y fusilería. Con el resto de las huestes, enfiló hacia la hacienda de Los Hoyos.

Por el camino contramarchaba otra fuerza peninsular. El Comandante Benjamín Molina, ayudante de Gómez, y el Comandante Emiliano González los hostilizaron con varios efectivos de la escolta.

Se emprendió la retirada por el camino de Rincón de Guano hacia el Sureste, mientras se oía el nutrido fuego. Gómez ordenó un alto en Guayacancito para esperar a los tiradores que enfrentaban al enemigo.

Algunas casas de campesinos se asentaban en la finca. Era el único punto para apaciguar la sed de los hombres, se reducía, en la estación de sequía, a un pequeño pozo criollo, cavado por los rancheros en el fondo del arroyo Los Negros. Al Oeste de la fuente desmontaron de sus cabalgaduras; algunos soldados conversaban; otros, se acostaron en el suelo y un grupo siguió rumbo al pozo.

Mientras, Fermín Valdés Domínguez, Manuel Coronado y el Generalísimo polemizaban, confiados, sobre la deficiencia o impureza a la hora de administrar la justicia. De improviso silbó una granizada de proyectiles; la fuerza enemiga, del otro lado del arroyo, conducida por un traidor, atacó de repente.
Gómez ordenó montar a caballo y así lo relató: "Nuestra impedimenta que es tan abundante como gloriosa, emprendió su natural retirada, botando cacharros.

La acémila de la Escolta cayó con su carga de más de 50 güiras y otras zarandajas, a menos de 50 pasos de mí. Yo me dije, ya eso se perdió. Pues no, la mula se salvó."

Asustado su caballo, al dominicano le resultó imposible pisar el estribo; enseguida vinieron en su auxilio. Mientras, el Coronel Bernabé Boza, jefe de su Estado Mayor, mandó la carga al machete. Se entabló un rudo combate. El enemigo tuvo la ventaja al parapetarse en la vegetación del arroyo, y rechazó la carga. Con la rapidez que lo caracterizaba, el Generalísimo ordenó la retirada y evitó, en lo posible, la dispersión. Cuatro bajas sufrieron los mambises, mientras en la tropa española murieron siete, según fuentes mambisas.

Los hombres que, por lo general, acompañaban a Gómez no ascendían a 600. Pequeñas unidades de infantería del Regimiento Serafín Sánchez y del Regimiento de Caballería Máximo Gómez las mandaba José Joaquín Sánchez, Tello, y, casi siempre, se mantenían desconcentradas, mientras el General en Jefe conservaba una fuerza que oscilaba entre 180 y 250 jinetes.

En el combate de Guayacancito, parte de sus efectivos se hallaban dispersos por las acciones en La Demajagua y Los Hoyos, lo que justifica, aparte de la sorpresa enemiga, que Gómez no se comprometiera en aquel lance y ordenara la retirada.

A la hora y media de haber terminado el combate, los mambises hicieron alto en Sao Jiquí (hoy Orlando González) y sepultaron a dos de sus muertos, más tarde acamparon en Derramaderos. Contaba Boza que el 2 de marzo pasaron a Laguna de Miguel (al sur de Limones Palmero), en cuyo sitio se les incorporó el Jefe de la Brigada de Sancti Spíritus con su escolta. Luego llegó el Comandante Emiliano González con la impedimenta, dispersada en la jornada anterior.

El Capitán Juan Pacheco reconoció el campo de Guayacancito al otro día. Los españoles dejaron siete caballos muertos, dos grandes sepulturas y evidencias de haber curado a heridos. Con dolor e indignación se inhumaron en el lugar los cuerpos del Alférez Catalá y el Sargento Montalvo, quienes cayeron en la acción. Los enemigos se ensañaron y los mutilaron a machetazos, "hazaña" muy común entre los españoles. Sobre esta acción Gómez concluía en su Diario de Campaña: "Como el propósito fue, hacer alto nada más que un momento, la posición no se resguardó con sus guardias a larga distancia ni mucho menos, con exploraciones; y fue así que fuimos víctimas de la sorpresa más fuerte que he sufrido en esta guerra."


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