Martes, 22 de mayo de 2018 9:25 PM

Agramonte: el primero en el combate

“Yo te ruego, Ignacio idolatrado, por ellos, por tu madre y también por tu angustiada Amalia, que no te batas con esa desesperación que me hace creer que ya no te interesa la vida. ¿No me amas?

“Además, por interés de Cuba debes ser más prudente, exponer menos un brazo y una inteligencia de que necesita tanto. Por Cuba, Ignacio mío, por ella también te ruego que te cuides más”.

La súplica de Amalia Simoni Argilagos, en carta escrita el 30 de abril de 1873, nunca llegó a ser leída por su esposo Ignacio Agramonte Loynaz, Mayor General del Ejército Libertador y uno de los grandes patriotas de la Guerra de los Diez Años en Cuba.

Agramonte cayó en los campos de Jimaguayú el 11 de mayo de 1873, día trágico en la historia patria. Sin ser militar de carrera, con solo 31 años era ya jefe de las fuerzas de Camagüey y de Las Villas del Ejército Mambí.

El Mayor marchaba al frente de su escolta en una acción de reconocimiento de una columna española. Las altas hierbas impiden a la pequeña tropa advertir al enemigo que se acerca a muy corta distancia y las balas cercenan la vida de uno de los más grandes patriotas cubanos.

Desde muy joven el Bayardo (como también era llamado) ansió la independencia de Cuba y por ello empuñó las armas para liberarla. Luchó con arresto y coraje hasta ganar el respeto de simpatizantes y enemigos.

Sin tener conocimientos militares, creó la caballería del Camagüey, cuyo solo nombre provocaba pavor entre las tropas españolas. Era el primero en el combate y los hombres bajo su mando lo veneraban.

José Julián Martí Pérez, el Héroe Nacional cubano, escribió con emoción sobre el patriota que nació en la otrora ciudad de Puerto Príncipe (hoy Camagüey) el 23 de diciembre de 1841.

“Por su modestia parecía orgulloso: la frente, en que el cabello negro encajaba como en un casco, era de seda, blanca y tersa, como para que la besase la gloria: oía más que hablaba, aunque tenía la única elocuencia estimable, que es la que arranca de la limpieza del corazón; se sonrojaba cuando le ponderaban su mérito (…)”


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