Miércoles, 20 de junio de 2018 8:54 AM

Latido ganador

He aquí el ganador del concurso El Corazón no se vende: Ariel Quintana Suárez, un joven ingeniero hidráulico que le puso del buen humor cubano a un supuesto triángulo amoroso. Para nuestra asidua colaboradora, Brizaida de la Nuez, una mención por sus Cursilerías. Disfruten de este Amor desenfrenado.

Caricatura de un hombre calvo quitándose la gorra Cuentan que en cierta ocasión un señor, que se caracterizaba por rendirle culto a la belleza femenina, volcó su apetito pasional en dos amores simultáneos con cualidades físicas diferentes. Una era muy joven, la otra lo aventajaba en años. Él era un maestro en el arte de expresar amor, pero se esfumaba su vigor y su energía cuando los recibía. Se iba del mundo. Perdía el tino y demoraba en recuperar los sentidos. Para verlas se vestía elegantemente y se hacía acompañar de un hermoso sombrero de paño negro.

Habitualmente, en la mañana, visitaba a la joven y, después del acostumbrado intercambio amoroso, colocaba su cabeza en el regazo de su amada dejándose pasar la mano suavemente por los cabellos. Esas dulces caricias eran su obsesión. Le embotaban la razón, momentos que la chica aprovechaba para arrancarle las canitas que poblaban su ya incipiente y rala cabellera, a fin de acentuar el color negro que acortara la distancia física entre ambos.

Aquel ambiente era un ritual de encantamientos. Bajo aquel ímpetu fogoso disfrutaba emociones imborrables; se desbordaba su fantasía y, cerrando los ojos, echaba a volar su imaginación. Se transportaba a un mundo sublime. Sencillamente perdía el conocimiento. Muerto en vida se mantenía hasta que cesaba aquel divino ejercicio de las manos. Entonces despertaba, se colocaba el sombrero y, con un amoroso beso, se despedía.

Así, aprovechaba la pausa para encaminarse hasta la casa de la otra amada que, con los brazos abiertos, lo recibía. Una vez en la nueva morada se repetía la escena con la única diferencia de que esta amante, entradita en años, como todo ser humano halaba para su gusto e intereses y, colocando él la cabeza en su regazo, ella, cuidadosamente, le iba arrancando cuanto pelito negro tenía, siempre con el ánimo de buscar cierta similitud con “la nieve” de su cabeza.

Aquel apetito exagerado y desmedido del hombre se convirtió en un desenfreno. Las escenas incesantes, continuas, ocurrían cotidianamente apenas sin tiempo para nada. No había espacio para la reflexión. Había perdido el control de sus emociones. Ya no era él. Estaba a punto de extraviar el juicio hasta que, gracias a un buen día en que fue sorprendido por un triste e impresionante mensaje que lo estremeció de arriba abajo, confirmó su impactante realidad.

Próximo a despedirse de su longeva amada, con el sombrero en la mano, sintió el latigazo en los oídos. Aquella saeta hiriente lo despertó de su inconciencia cuando sus ojos se posaron en un hombre que pasaba en bicicleta, quien, alzando la voz en respuesta a la pregunta de otro transeúnte sobre cierta dirección, gritó: “Yo no sé. No soy de este barrio. ¡Pregúntale a aquel calvo que está parado en la puerta!”


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