Domingo, 25 de febrero de 2018 2:33 AM

Cañada

Una llamada a medianoche me alarma. Es una amiga de Miami. “Por favor, habla en tu periódico del tema de las llamadas. Si en principio la conexión por el IMO era una bendición para ‘abrazar’ a la familia desde la distancia, casi se ha convertido en una pesadilla colectiva."

“Tú sabes que acá no puedes contestar el celular mientras trabajas. Lo dejas en tu taquilla o en la cartera. Y me estreso cuando la supervisora pasa y me dice bajito, con cierta ironía: ‘¡El móvil se te va a reventar sonando!’ La cabeza se me hace una de esas hamburguesas que vendo. Pido permiso para ir al baño y allí, sin que se den cuenta, lo reviso. Pienso que a la niña, que me cuida una señora, le pasó algo. Siete llamadas perdidas. Son de mi primo Mandy, el que casi vive en el bulevar. ¿Mami estará enferma? Frisado, por la mala conexión, sonríe y me regaña: ‘¡Mija!, ¿por qué no contestabas?’

“Intento un ejercicio yoga de abstracción para no mandarlo al mismísimo c… ¡Trabajando, Pipo, trabajando! ¿Pasa algo? Y con la pasmosidad mayor del mundo agrega: ‘Nada, prima, pasé por aquí y como me quedan unos quilitos en el Nauta decidí llamarte…’ Y concluyo secamente: Llámame después de las 10:00 de la noche que ahora no puedo hablar. Escucho su chasquido: ‘¡Tú siempre con lo mismo, dale!’

“Y, en punto, cuando estaba casi ‘fundida’ apareció en pantalla: ‘¡Mira que ustedes trabajan en la Yuma! No te machuques tanto… pero, bueno, tienen de todo, que aquí…’ Yo exploto: ¿Y con qué pago los ‘biles’ de la renta, el agua, la luz, el carro, el seguro médico de la niña, lo que les mando a ustedes cuando puedo…?

“Ni se inmuta. Pareciera el mismo sonriente Buda. ‘¡Tú puedes pa’ eso, mi prima! Oye, acuérdate traerme el IPhone 7 que tienes tirado en una gaveta!’ ¡¿Qué yo tengo?! ‘Nada, niña, era jodiendo. Acá hay una situación terrible. La Cristal no aparece ni para un remedio. Tienes que tomar Heineken o Sol y no es lo mismo.’

“Bueno, primo, te dejo que tengo que levantarme a las 5:00 para manejar dos horas hasta el trabajo. ‘¡Siempre apurada! Me voy a poner bravo y no te voy a llamar más’, me amenaza, y te juro, José Aurelio, que le pido a Dios todos los días que cumpla su palabra, pero, al final, me ‘acaballa’: ‘A ver, antes de despedirte, abre el refrigerador y enséñame la cañada. (Aclaro al lector que habla de una parte suavecitaaa del cuerpo de la res.) No he comprado carne. No he tenido tiempo para ir al supermercado, digo, y acaba crucificándome: ‘¡Todavía tú mente está en Cuba, niña! ¡Come carne, aunque se te reviente la hemoglobina!’, me dice y ya no puedo más con tanta tontería. Apago de un tirón el IMO y regreso a la cama mortificada, ya sin sueño.”

Bostezo. Ella me escucha. Concluye: “¿Podrás hacer algo por mí, amigo? ¡Ayúdame Freud, como dice Arjona!”


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