Irma ciego“Estoy vivo de milagro”, fue la primera frase de Roberto Hernández Montes de Oca cuando me acerqué a su casa para conocer la historia de la que todos hablaban en el barrio. Acto seguido, me mostró aquella cama destrozada por la enorme rama de Salvadera, y en sus expresiones habitaba el escepticismo de quien todavía no ha pasado el susto.

Los vecinos evitaron que el sueño se le volviera una pesadilla.

Acostumbrado a pasar otros eventos meteorológicos en aquel cuarto, esta vez no sería diferente. Aunque muchos comentaban de los fuertes vientos que afectarían territorio avileño al llegar el huracán, su techo no tenía por qué defraudarlo ahora. Más cuando subestimaba cualquier pronóstico de Rubiera para acompañar lo que tanto esfuerzo le había costado, sin imaginar que la madre natura podía jugarle una mala pasada.

Sin faltarle quienes le pidieran que abandonara aquellas cuatro paredes, y le brindaran desinteresadamente sus casas para que estuviera a buen resguardo, Roberto se negó una y otra vez, como si su bombillo de alerta hubiese dejado de funcionar. “Me pasé todo el día en casa viendo la televisión, y una vez que tumbaron el servicio eléctrico, me quedé dormido”, relata mientras me muestra lo que quedó del colchón luego del impacto de la rama.irama ciego

Entrada la medianoche comenzaron a sentirse los primeros azotes de Irma que llegaba a Ciego de Ávila con equipaje pesado, pero Roberto se aferraba a lo suyo. Fue entonces cuando la pertinaz preocupación ajena, hizo el milagro.

La longeva Salvadera no pudo resistir el azote de Irma.

“Caty, mi vecina más cercana, le pidió tanto a su esposo que él vino a buscarme bajo la lluvia, y luego de insistirme hasta el cansancio me fui con él, porque yo me iba a quedar durmiendo aquí”.

Lo que no imaginó Roberto fue que la “matraca” de sus vecinos, le permitiría agregar una hoja más a su calendario de vida. Horas después, el árbol trasero de su casa, sin poder soportar el fuerte viento de Irma, terminaría por caer sobre el techo, y a su vez sobre el colchón, donde anteriormente conciliaba el sueño.

Él sabe que, si de su intransigencia dependiera, “hoy no estaría haciendo el cuento, pero gracias a Dios alguien inventó los vecinos”, con los mismos que hoy celebra tener otra noche de sueño.




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