Mi historia de amor con Buena féLa lectora Diana Rosa Dobao vuelve a sentarse en esta Plaza de palabras a contarnos parte de su corazón:

Hace tan solo tres años comenzó mi historia de amor con Buena Fe, en el momento que ellos aparecieron mi hijo acababa de nacer y no me quedaba mucho espacio para los sueños. Entre biberones y madrugadas de insomnio la música no tenía cabida, solo reconocía aquellas canciones que, como dijera el poeta, una tararea sin saber por qué y, durante muchos años, seguí el impacto de sus audiovisuales y me identificaba con las estrofas que consideraba más melódicas y cantables.

Mi hijo creció, retoñó mi necesidad de soñar, de creer, de entregar, y comencé a perseguir de nuevo la música, el amor, la verdad. La felicidad cuando me visita casi siempre viene con el disfraz más extravagante; esta vez apareció a través de un amigo que los seguía desde sus inicios y amaba la metáfora encendida y el verso intrépido que los identifica.

Los primeros encuentros fueron deliciosos ante el empeño de escribir y compartir con él mis aventuras literarias. Me hacía escuchar las canciones que formaban parte de su vida y con toda la impiedad de un buen fanático quería que yo, al mismo ritmo y con su mismo ímpetu, entendiera y degustara tanta y tan buena música; yo me tomaba mi tiempo y lo engañaba con alevosía. Cuando llegaba a casa volvía a oír la canción, esa misma que anteriormente había aceptado y había fingido entender, entonces le buscaba la magia, las aristas vírgenes, la veracidad que yo necesitaba, esa que ellos entretejen con melodías aparentemente discretas: ahí comenzó la pasión.

Pero mi historia de amor estaba inconclusa, después de tantos discos, necesitaba un encuentro con mis renovadores de fe y, ante el anuncio de la gira nacional que los traería a Ciego de Ávila el 26 de abril pasado, me lancé a la aventura de retroceder en el tiempo, sin la máquina de H.G. Wells, solo con una gorra y la necesidad de escuchar mis canciones, porque claro, ya son mías. Quería el contacto carnal, la música a corazón abierto, sin velos, sin la frialdad y la pobre acústica de mi multimedia.

El encuentro fue éxtasis, explosión de asombros, las canciones repicaban y mi exaltación crecía, no me di un minuto de paz, no podía desperdiciar un acorde, un estribillo, todo el tiempo de mi sueño estaba en esa noche. Muchas veces cerré los ojos para que mis oídos fueran los protagonistas absolutos de este encuentro.

Crepitó la última canción, se apagaron las luces y abandoné la plaza recuperando mi antiguo juicio, sabedora de que el hechizo quedaba atrás entre amplificadores y un impúdico escenario, pero en la madrugada húmeda me esperaba el milagro; el viento que me recibía calle abajo era cómplice de mi euforia, estaba al tanto de mis andanzas, de mi irreversible delirio y me susurró bien bajito: inténtalo, inténtalo otra vez...

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