PERIFONEO Y I JORNADA DE SANEAMEmpezó. Siempre le pareció que eso era difícil, más si se trataba de un hombre solo y en medio de un paisaje de susto: escombros y más escombros, esto es: papeles, envases plásticos, latas, restos de alimentos, piedras..., así y todo emprendió la faena. Apenas necesitó sus manos, un saco y, si acaso, media hora de labor.

Cierto que recorrió un minúsculo espacio del entorno abandonado, pero lo dejó bastante limpio, como para que el cambio comenzara a percibirse porque lo importante era eso: empezar, allí donde casi nadie se lo había planteado como prioridad porque “para eso está Comunales”, y “la vida está muy dura y no me alcanza el tiempo”.

Si el primer día había dejado expedito el tronco del único árbol que intentaba crecer frente al edificio multifamiliar, el segundo amplió las fronteras de su simple misión: sanear lo que es de todos. Recordó que años atrás, a eso: lo que es “de todos”, lo identificaban como “propiedad social”, bienes comunes que, de tan comunes y visibles, han terminado por ser obviados y maltratados por muchos. Esta vez consideró un éxito de relevancia que un niño captara su presencia, y ante la vista de sus progenitores, lo ayudara en la “guardia vieja”.

A la tercera jornada pidió una carretilla prestada. Tres o cuatro pequeñines lo ayudaron a cargar otra tanda de escombros, a cambio, exigieron, y exigieron bien: de vuelta vendrían sobre la carretilla. Fue una media hora más alegre.

El saludo al inicio de la cuarta fecha pudo derrumbarlo: “Eres un obsesivo compulsivo, esta vez te ha dado muy fuerte”, mas el desplome no fue el resultado, el juicio de la vecina sirvió para confirmarle que cuando se actúa contra la lógica de las mayorías, uno puede parecer cualquier cosa, un enfermo sin remedio, alguien al que le sobra el tiempo, o tiene el modo de “pensar en las musarañas”.

Pero a la sorpresa del improperio sobrevino la confirmación de que la media hora de turno tendría nuevos matices. Se incorporaron más niños, y una joven, y ya no era un saco, sino dos, de modo que “el área de influencia” se expandió aún más, hasta llegar a la frontera que marca los límites con la escuela más cercana.

Así que lo que el hombre previó se cumplió: se suman más, renace lo que alguna vez pudo ser una práctica más o menos sistemática, “seguro que en otros tiempos, alguien también tuvo que ser el primero”, pensó.

El área aún no está bien, falta chapearla, crear un jardín, exigirle al Poder Popular que se apruebe la construcción de un parquecito; ganarle la pelea a los estudiantes que botan los desechos por encima de la cerca perimetral porque el subviadero está unos metros más distante...

Eso y más resta, y el hombre del saco lo sabe porque invitar al trabajo siempre será un reto, máxime si muchos se acostumbraron a recibirlo casi todo, así, “con el pico abierto para que entrara la comida”, porque los de “Comunales no hacen nada”, aunque esa sea una mentira disfrazada de verdad que los mismos de Comunales derrumban cuando llegan con el achacoso tractor y recogen montañas de basura en el reparto.

Lo cierto es que el hombre se siente mejor, ha confirmado su tesis: Con media hora, las manos y un saco... basta para empezar.

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