Justos y pecadores1La viceversa suele atribuirle un poco de justicia a algunas sentencias, pero no le alcanza a los justos, que siempre terminan pagando por los pecadores y, rarísima vez, se salvan de las generalizaciones. Incluso, cuando asoman excepciones, se le atribuye cierto descrédito a la rareza y, automáticamente, lo normal es el pecado y lo anormal la justeza.

Porque no puede ser “normal” que un joven pida permiso mientras interrumpe a dos hombres que conversan en la acera; debería pasar y ya, o decir: “puros están atravesaos”.

Más o menos así se construye el mito de que la juventud cubana está perdida.

Las actitudes más normales de los jóvenes, a veces, se asumen con “espanto” por los adultos que, un día, también fueron jóvenes

Lea aquí el criterio de jóvenes que desmitifican esa creencia

Ejemplos de más, ejemplos de menos... en los que casi nunca el peso de las “excepciones” logra inclinar la balanza hacia los justos; ellos siguen pagando por los pecadores, aunque se inscriban en el camino del hombre nuevo guevariano y lo recorran con pasos sacerdotales.

Al final, si la historia los absuelve, es solo al final, después que cargaron con el sambenito de sus congéneres “descarriados”, después que maduraron y fueron menos jóvenes y más viejos. Entonces se salvan, pues la globalización de los adjetivos no les dice perdidos a los adultos. La perdición es la pervertida cualidad de lo lozano y abandona a la gente cuando envejece, y va de generación en generación, pero siempre en la misma, curiosamente.

Sobran maleducados con canas, frivolidad y banalidad a los 40, 50 y 60 sin que nadie, al parecer, los acuñe de perdidos. Como si las actitudes fueran etarias y la violencia, la irresponsabilidad y la pérdida de tiempo menguara con los años... todos endilgan las culpas de la sociedad a ese grupo de individuos que, de paso, tiene padres. Y aunque los hijos, ya lo dijo alguien, se parecen más a su tiempo que a sus padres, cuesta exonerar del todo a sus progenitores.

¿O quién es el padre del chico que apuñala, el que no sabe que su chico anda con un cuchillo en la faja, o peor aún, que le dice que lleve un cuchillo, por si acaso? ¿Qué adjetivo merece ese papá, en qué grado de “perdición” lo ubicamos? ¿Cómo calificamos a la madre que ni idea tiene de lo que sucede en casa de las amiguitas de su niña y no sabe lo que ven en la laptop, y no se preocupa por la hora en que regresan? O peor: madres que entienden que sus niñas de 15 lleguen a las 3.00 de la madrugada o duerman con sus novios porque “¿ya para qué?”.

A estas alturas coincidiremos en que los perdidos: o no tienen edad, o están en la juventud, la adultez y la ancianidad y, en ese caso, el adjetivo no le vale a una sola generación.

No crean tampoco que hago una defensa a ultranza de los jóvenes y, de paso, me defiendo a mí misma al borde de los 34, pero creo que por cada joven que raya un asiento hay uno, y unos cuantos, que no la harían. Y por cada muchacho sin rumbo hay otros trabajando para agenciarse lo suyo, aunque lo suyo no de ni para él mismo.

Sepa también que la rebeldía está en las venas

Existe, y no es una minoría exigua, gente valerosa que vuela y si le cortan las alas, aprende a volar más alto hasta donde no llegan las “tijeras”; que cuando les dicen que “así no”, ellos dicen, “así también”; jóvenes que no duermen la mañana de los domingos porque cuando se dirige una empresa el tiempo es un lujo extrañísimo; los hay al frente de una secundaria básica de la que “casi” acaban de salir, y los hay en puestos de tremendísima responsabilidad que alguien evadió con la cómoda justificación de que “a los jóvenes hay que darle paso” y ellos, no obstante, acaban por darles la razón.

Los hay con la militancia en el pecho y no en el carnet... y los hay con esa doble militancia queriendo disminuir las brechas entre el discurso y la realidad... Definitivamente un día los pecadores pagarán por los justos y nadie podrá pensarlos en viceversa.

Submit to Google PlusSubmit to Twitter

Comentarios   

+1 #1 Efren 04-04-2017 02:17
Hola Katia: Con mucha honestidad te confieso que nuestra juventud no está perdida, más bien está podrida. Ella pasa por una crisis de valores que va desde el respeto a la honradez.
Entiendo que adquirir buenos hábitos por medio del desarrollo de las virtudes y valores nos hace ser mejores seres humanos y ser exitosos en los estudios, en el trabajo, en el hogar y la sociedad, pero lamentablemente esto no sucede porque los adultos no la educaron y las instituciones educativas muy poco aportaron.
Citar

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar