Demonios de la rebeldía 1Siempre ha sido preferible la rebeldía que la sumisión, el conformismo o la asimilación pasiva de “lo establecido”. Desde Hatuey hasta hoy los cubanos hemos construido nuestra propia tradición del término y, a la par, la justa historia ha colocado en su sitio a héroes y proscritos.

Tampoco el pasado ha estado exento de malentendidos, incluso, entre la vanguardia revolucionaria de uno u otro período, se han instalado las dudas cuando los hechos han rozado los límites o han surgido caminos diferentes para alcanzar los mismos objetivos.

Entre lo más tergiversado aparecen las contradicciones entre Agramonte y Céspedes; la expulsión de Julio Antonio Mella del primer Partido Comunista de Cuba, cuando llevó a cabo una huelga de hambre sin consultar a sus superiores; y los cuestionamientos sobre la legitimidad socialista o reformista del proyecto de Antonio Guiteras.

Sin embargo, se parecían demasiado para perder su sustrato rebelde ante el primer escollo y la propia historia, en su curso, se encargó de enmendar las diferencias y redimirlos.

Todavía algunos satanizan a los valientes capaces de denunciar los problemas por su nombre, a quienes dicen lo que piensan, critican la falsa unanimidad o defienden su derecho a ser diferentes.

Si además son jóvenes, en ocasiones se les añade el pésimo augurio de que con ellos el futuro está hipotecado porque estas generaciones “ya no son como antes, están perdidas”.

La juventud es heredera de su tiempo —se ha dicho ya—, en esencia transgresora, con modos diferentes de hacer y sentir, y sus actitudes no deben encuadrarse en límites predeterminados, sino, solo una vejez precoz podrá vaticinarse para el tercer milenio.

Ser revolucionario implica practicar la crítica comprometida y ser rebeldes, en el socialismo, se traduce en acción transformadora. Casi siempre, revolucionarios y socialistas confluyen en un común espacio de logros y añoranzas.

¿Quién dicta los límites?, ¿quién denigra a los más osados?, de seguro los menos lúcidos y más extremistas.

“Seamos realistas, hagamos lo imposible”, incitaron los estudiantes protagonistas del mayo francés, en 1968, durante una de las huelgas más grandes registradas en Europa occidental; “el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, acotaba el Che.

La rebeldía juvenil no es ni será nunca enemiga del espíritu revolucionario, pues para romper arquetipos hay que pensar y actuar como irremediables inconformes.

No se nace joven, la juventud se alcanza. Tampoco se nace revolucionario, se construye en el día a día, por eso ni caricaturas ni versiones ni rezagos generacionales, solo jóvenes que marchan por caminos disímiles hacia las mismas coordenadas.

Si esta otra definición de rebeldía todavía intimida a algunos, culpemos solo a los demonios y a las tergiversaciones históricas que han rodeado al término, no a su noble significado.

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