banderas cubanasAhora que estamos a punto de anotarnos un año más, bueno sería detenernos a pensar y muy en serio, aunque solo sea unos minutos, en estos 12 meses que dejamos atrás, pero, sobre todo, en qué esperamos de los que tenemos por delante, qué queremos, necesitamos y nos proponemos lograr.

Hablo del “uno para todos”, de pensar cada quien en términos de nación, porque de balances personales de lo bueno y malo, y de deseos de prosperidad, salud, dicha y amor a manos llenas —para nosotros mismos y para la familia, los amigos, colegas, vecinos, conocidos y hasta extraños—, está repleto cualquier fin de año.

El que se va nos trajo la peor de las noticias y nos deja el mayor de los desafíos, como también lecciones imprescindibles desde un pasado glorioso, que tenemos y tendremos por siempre, el deber de seguir conjugando en presente.

En abril celebramos —vale recordarlo— 55 años de la proclamación del Socialismo como rumbo inexorable de la Revolución Cubana, lo mismo que de Playa Girón, la victoria fulminante del pequeño David, la aplastante y bochornosa derrota de Goliat.

Y hay más, pues no habría el Socialismo calado tanto, no tendría nuestra victoria entonces igual sabor y el descalabro imperial habría terminado siendo una derrota a medias, de no haberse ganado aquella otra colosal batalla, que desde el primer minuto y hasta bien avanzado diciembre de 1961, libró en cada palmo de tierra cubana un pueblo armado de lápices, cartillas y manuales, la voluntad de redimir y la certeza de estar haciendo historia.

Cuanto se diga y escriba de la Campaña de Alfabetización será siempre poco. Se trata de una descomunal proeza, que continúa asombrando por su intensidad, rapidez, magnitud y resultados, por las fuerzas que desató, por lo que trajo consigo y vino después, por la infinidad de escollos que tuvo que enfrentar y la propia situación, el momento, la permanente sensación de peligro inminente, en un país acosado, agredido y forzado, incluso, a la guerra.
campana alfabetizacion

Todo lo que hemos hecho desde entonces y cuanto aún hemos de hacer, tiene como sustento y asidero la revolución educacional que aquella cruzada de luz puso en marcha hace 55 años. Sin esa obra no hubiésemos resistido ni llegado hasta aquí. Sin educación no habría ni habrá tampoco Revolución ni futuro.

Temprana muestra de que no existen imposibles para este pueblo y, en especial, sus jóvenes, fue aquel ingente esfuerzo colectivo, del cual nos enorgullecemos y al que rendimos honores durante el año, mucho más en estos días, que nos recuerdan uno de los momentos más extraordinarios de nuestra historia, de una felicidad y plenitud totales, cuando Cuba fue declarada territorio libre de analfabetismo.

El mejor homenaje, sin embargo, será siempre la propia obra educacional de la Revolución, levantada piedra sobre piedra y que no podemos dejar languidecer, agrietarse ni envejecer.

Se lo debemos a quienes como Conrado Benítez, Manuel Ascunce, Delfín San Cedré y Pedro Lantigua murieron para hacer valedero el derecho de todo ser humano a aprender y su deber de enseñar al que no sabe o sabe menos. Se lo
debemos a nuestro Fidel, líder en esa y todas las batallas. Nos lo debemos a nosotros mismos y a nuestros hijos y a los cubanos que aún están por nacer.

Que nadie se sienta libre de polvo y paja ni crea no tener arte y parte en el asunto. Cierto que el maestro ha de enseñar y enseñar bien, que el alumno tiene que estudiar y aprender más, con avidez insaciable, pero educar es mucho más: trasciende el aula, la escuela, hasta el hogar, convierte todo en forja y a todos en sujeto.

Y porque definitivamente es así y del futuro se trata, hagamos de 2017 y los que vendrán un “Año de la Educación”, como lo fue 1961, y no para alfabetizar, claro está, sino para avanzar hasta lograr esa excelencia a la que Cuba aspira y que tanto necesita. No sería digno ni tendría sentido proponernos menos.

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