ANDRYNació con las fontanelas cerradas, esas pequeñas “ventanas” óseas que conocemos como “la mollera”, y el médico predijo que sería inteligente y cabezón. Lo primero se cumplió. Lo segundo solo a medias, no por las dimensiones de su cráneo, sino por lo persistente y terco que es cuando quiere o defiende algo que considera justo.

Miró por primera vez este mundo el 16 de septiembre de 1992, en el poblado de Primero de Enero, tras el paso de aquel terrible ciclón bautizado como Andrew; de ahí su primer nombre: Andry. Una novela rusa, que leía su madre por entonces, le denominó como Dumiel en segunda instancia, mientras que los apellidos sí son los que le tocaron: Pérez y Fernández.

Nos encontramos para conversar, en plena temporada de mangos que goteaban reventándose estrepitosamente, desde la frondosidad del patio de su casa y junto a una de sus esculturas que allí esperan un destino digno, a la sombra, también, de un buen café y de su madre, quien por aquellos días sufría una lesión de rodilla y nos contó que su hijo está vivo gracias al milagro de los médicos cubanos porque, con apenas cuatro meses de nacido, fue operado de un meningoceles en la región lumbar.

“Eso echó por tierra mi sueño de ser piloto de helicóptero de guerra, ya que crecí con la firme convicción de que quería ser militar como mi padre. Todo el tiempo jugaba a las batallas. Pero el neurocirujano fue claro. En noveno grado me habló de todas las limitaciones que tendría en ese mundo y preguntó qué sería esa segunda opción que querría estudiar.

“Fue así que me preparé con un instructor de arte que es mi padre en la plástica, Aliesky Azahares, me presenté a las pruebas de aptitud y, finalmente, entré en la Academia de Artes Plásticas de Morón, de la cual me gradué en 2011.

“A ver, cómo te explico. Esa escuela era más de lo que soñaba y, a la vez, se quedó por debajo de mis expectativas, porque teníamos muchas limitaciones en la información de lo que sucede en el mundo y, eso, de alguna manera, te lastra. Tuve profesores, como el gran Pucho que me convirtieron en el artista que hoy soy. Me fascinó el mundo de la escultura. De hecho mi tesis se llamaba La última cena, y eran cabecitas humanas dentro de un plato de comida, porque abordaba el tema de la autofagia humana, de cómo el hombre llegará a consumirse a sí mismo por el sentido depredador que vamos viendo.

ANDRY“¿Después? Después vino la marca del fatalismo geográfico. Me iba a quedar de profesor en la propia Academia, pero la cerraron y vine a pasar mi servicio social al museo de aquí, de Violeta. Ahí comencé a involucrarme en proyectos comunitarios y acabé enrolado en el trabajo de la casa de cultura Joseíto Fernández, junto a un grupo valioso de instructores del que muchos, como yo, hoy están en otras profesiones ajenas al arte por razones de esquematismos y falta de visión.

Junto a uno de sus sueños donde la admiración por su madre queda plasmada en los rasgos de cemento.

“Después me fui a trabajar como decorador en los hoteles de los cayos y ganaba bien, pero estaba lejos de mi casa y no era mi aspiración primera. Regresé. Hice macetas artísticas para plantas ornamentales, mas soy pésimo para los negocios.

“Y en este deambular soñaba con llenar mi pueblo de esculturas. Primero quise hacer una que reflejara el mundo de la tradición haitiana, de la que este municipio es un importante portador en el país, y todo se redujo a excusas de materiales y a presupuestos. Yo no pedía pago, solo condiciones para crear. Después he tenido la quimérica idea de convertir los espacios ociosos del pueblo en pequeños parques temáticos, como bien podría ser uno dedicado a las madres y otro a los enamorados. Hice la propuesta a todos los niveles. Me dijeron que me iban a apoyar y solo he encontrado silencio y dejadez.

“El ejemplo más simple. Luego de las reparaciones anuales del central la chatarra va a dar, muchas veces, a manos de particulares que la venden a Materias Primas para su enriquecimiento personal, cuando, con ella, podrían hacerse complejos esculturales que le dieran vida a este territorio.”

Miro el pedazo de escultura que reposa en el patio, esperando ser subida a un simple pedestal público. Los evidentes rasgos del rostro de su madre, en esa dama de cemento, resulta una evidencia más del cariño, el respeto y la admiración, casi de enamorados, con que ella y su hijo se tratan, y dejo flotar en el húmedo y caluroso aire mi última pregunta.

“¿Mi mayor ilusión y  mi peor miedo? Que algún día pueda tomar a mis nietos de la mano y llevarlos a contemplar una obra mía que perdure. El temor, también, a que el tiempo pase y se me muera el artista que llevo dentro sin haber hecho algo, sin sacarle a estas manos el fruto que con tanto amor los maestros sembraron en mí.”

Mientras uno de aquellos enormes y jugosos mangos moría triturado en las cuchillas de la batidora para regresárnoslo convertido en ambrosía contra el calor, pensé en que un joven que no quiere abandonar su sueño —como mismo no quiere irse a conseguirlo a otra parte ni a otro país, sino construirlo desde allí mismo y ahora—, que creció, como pocos, a la sombra de la lectura de El Principito, que escucha a Arjona y a Sabina, y con una fe mezcla de sus ancestros africanos, la fraternidad de las logias y el afán del mejoramiento humano, no puede ser fruta estéril que la desidia y el municipalismo chato pudran sin darle la posibilidad de probarse como árbol nuevo.

Por lo pronto, cuando llegue usted al Servi nuevo de Primero de Enero y el dependiente le pregunte qué desea, nunca imaginará, ni remotamente, que un artista sobrevive bajo ese cuerpo a esta crónica de lo que podría ser una muerte anunciada.ANDRY

Al joven artista le encanta el mundo de los faunos que pueblan su imaginación.

 

ANDRY

La autofagia humana, el tema de la tesis con que el artista se graduó de la Academia.

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