Che 1963• Al sur de Ciego de Ávila, 54 años atrás, ni la enfermedad que padecía, tampoco las adversas condiciones temporales, detuvieron su labor en los cañaverales

El 17 de febrero 1963 fue un día memorable para Ángel Hernández Carral, Angelito, como cariñosamente llamaban al secretario general del Sindicato Azucarero del central Venezuela y sus colonias.

Con los claros del amanecer, el Che arribó a los cañaverales de la colonia Dolores, cuyos campos mostraban altos rendimientos por caballería, los preferidos por él para comprobar, con rigor, la eficiencia y funcionamiento de las máquinas. Sin perder tiempo comenzó la faena.

A Angelito le encomendaron la tarea de asegurar el almuerzo para el Comandante y la comitiva que lo acompañaba, integrada por mecánicos, normadores y recogedores de caña, sus famosos “hacheros”. Como inolvidable para su vida califica el fogueado dirigente proletario su encuentro con el Che, en medio del cañaveral:

“Cuando llegué al corte, me presenté —le expresé que traía el almuerzo—. Yo creía que se trataba de un entierro —me dijo muy serio, a boca de jarro—."

La expresión fue motivada —argumenta Angelito— “porque al camión y al jeep en que se trasladaban hasta el lugar le habían colocado varias banderas de colores y pencas de guano como muestras de alegría y regocijo por su presencia. Pero él, desde la máquina cortadora, los contemplaba con curiosidad cuando se desplazaban por la polvorienta guardarraya y preguntó, con perspicaz humor, indicando con su mano hacia el lugar de donde venían los vehículos, qué cosa era aquello, qué significaba aquel espectáculo, si era un desfile o si se había muerto alguien por los contornos.

“Apenado, no comenté nada más sobre el asunto, le reiteré que el almuerzo estaba listo y dispuse que le sirvieran, para que no se siguiera enfriando la comida, pues en el trayecto había perdido temperatura. Con tono firme rechazó su plato. Ordenó que primero les dieran a los demás y solo después de eso tomó el suyo.

Ángel Hernández CarralÁngel Hernández Carral era, entonces, secretario general del Sindicato Azucarero del central Venezuela y sus colonias

"Mientras almorzaba noté que tenía falta de aire, síntoma anunciador de un ataque de asma. Parece que percibió mi observación y preguntó que si yo traía aspirinas, a lo que respondí afirmativamente. Las fui a buscar al carro. Cuando se las entregué a mí mente vino la vieja costumbre, tradición de los guajiros, de no ingerir pastillas de ningún tipo durante las comidas y se me ocurrió preguntarle ingenuamente: Comandante, ¿va a tomar aspirinas arriba del almuerzo? ¿Eso no es malo para la digestión? Como un relámpago clavó sus ojos en mí y replicó: Y, ¿vos no sabés que yo soy médico?

“Me quedé perplejo, pero mi asombro fue mayor cuando me pidió que le echara agua fría sobre la cabeza, como si eso lo fuera a aliviar. Aquella agua estaba helada, si la gente vieja siempre decía que tomar pastillas después de las comidas era malo, peor sería mojarse la cabeza con la barriga llena, porque podría provocar una embolia. Juro que por un momento no supe qué hacer. Vacilé y se percató de ello.

“Me reiteró, con una sonrisa, lo que me había dicho antes sobre sus conocimientos profesionales y me animó oírlo. Si él lo aseguraba, era por algo. Me decidí; tomé un jarro. La mano me temblaba, no lo niego, hasta que la introduje en el recipiente donde flotaban trozos de hielo y comencé a echar el líquido sobre su cabeza, mientras él se pasaba la mano por el pelo y la bajaba hasta la nuca. Yo estaba loco por terminar con aquella pesadilla, pensando en la responsabilidad, en el cargo de conciencia que me quedaría si algo le pasaba.

“Por fin, después de cinco o seis dosis, me dijo que era suficiente, que estaba más aliviado, y entonces me vino el alma al cuerpo. Me sentí muy feliz al cumplir la tarea, jamás se escaparán de mi mente aquellos momentos junto a uno de los hombres más grandes de la historia".

Ni la terrible enfermedad que aparecía en cualquier instante, estimulada por el hollín de la caña quemada, el polvo, la humedad, el olor a grasa y combustible, las madrugadas, el abrasivo sol, la lluvia o las condiciones, muchas veces deplorables de los lugares donde se albergaba, pudieron doblegar en momento alguno aquella voluntad de acero.

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