366 días.Más recurrente que la carne de cerdo, la yuca y el congrí juntos, son los pensamientos a fines de diciembre cuando, de “un bocado”, digerimos la vida que ha sido durante 366 días. “Masticamos” el año en minutos y vuelve el mejor sabor a embriagarnos y el peor a amargarnos. Regresan todos, en ráfagas, para convencernos de que podrían haber sido peores o mejores, y que las perspectivas a veces vuelan altas y uno debe habituarse a mirarlas, solo para elevarnos si es que un día no alcanzamos a tocarlas.

Y esa sensación nos despide del 31, mientras las abuelas repiten el clásico “este año se fue como agua” (metáfora nunca mejor empleada), los abuelos resabian por el escándalo de los vecinos, los papás se toman un descansito que los pies ya no dan más, la chiquillada amenaza con esperar el año en vilo y corriendo, algún “ubicuo” timbra al teléfono queriendo estar allá, pero aquí, los abrazos caen en estampidas... La felicidad nos llega en formas tan simples que no siempre la apreciamos desde las complejas maneras de pensarla.

Por eso sigo creyendo que le sobran vicios al 31, que los arbolitos “no pegan” aquí, donde ni nieve, ni pinos, ni renos, ni trineos, y mucho menos un Papá Noel que, probablemente, deba su nombre a que los regalos los trae papá- no- él. Huelga la “urgencia” de ropa nueva porque quienes necesitan lucir diferente casi nunca se percatan de que solo se trata de eso: de lucir. Caduca ya la limpieza extenuante de los días previos, pues nunca la casa luce más sucia que un primero de enero. Resulta abusivo “castigar” a los dormilones hasta las 12 pm cuando cualquier segundo es digno para desearse felicidad.

Y ahora, incluso, dicen, que en este 2016 tendremos un segundo más. El Servicio Internacional de Rotación de la Tierra y Sistemas de Referencia así lo ha declarado, y el “extra” compensa de algún modo la lentitud con que el planeta está girando sobre su eje. El hecho podría sugerirles casi nada a los relojeros y mucho a los románticos que en un segundo te desnudan con la mirada, pero no supondrá un final diferente para la mayoría de los cubanos.

A esa hora reunida, la familia, invariable, ya le habrá dado la vuelta al año en un día y se habrá detenido, también invariable, en el Fidel del 25 de noviembre con un pensamiento hondo, pero breve porque nadie quiere despedir o recibir el año padeciendo, de modo que recurrirá al Fidel vivo de siempre y volverá a regocijarse para brindar con los suyos por los nuestros.

Los sopores del primero de enero amanecerán a media mañana y, para entonces, el nuevo año despabilará todas las incertidumbres, dudas y certezas que llevamos a cuestas. Y nos diremos, perezosos, “¡bah, tenemos todo un año!” y ninguna preocupación amainará la dicha del día anterior, donde los contratiempos mayores pueden lucir hasta ridículos: por ejemplo, mi hija pendiente de si su diente flojo sobrevivirá al pellejito asado, y su madre de si el pellejito asado se le notará mucho al otro día.

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